OTRO QUE ESCRIBE

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sábado, 5 de marzo de 2011

VI-Avellaneda Blues-Pequeñas historias de pequeños hombres

VI-Avellaneda Blues-Pequeñas historias de pequeños hombres

 La tarde caía sobre Avellaneda, era la hora en la que el sol comenzaba a ponerse  sobre Piñero y entonces pegaba  con fuerza contra los vidrios de los dos ventanales de “La Imperial”.

 El sol de Enero y esa fuerza abrasadora horadaban los vidrios mientras en el interior del café, como siempre, unos hombres jugaban al billar sintiendo cada carambola como un pequeño acierto es sus vidas. Esas vidas inestables de los habitantes- de  las cuatro de la tarde  de los “café con billar”.
En unas mesas aledañas otros hombres juegan al dominó, mientras que en una de las mesas hay un hombre solo, que mira sin ver al billarista que va a taquear- Ya ha apuntado lo suficiente y ahora está moviendo suavemente el taco como calculando la fuerza. Golpea. Su bola va buscando la roja, todos los ojos siguen a la bola blanca.

“…Me tenés podrida. Sabes lo que es podrida ?. Así me tenés!...”

La blanca golpea la roja y va a buscar las tres bandas.

“…Todo el tiempo estas que si, que renuevo el taller, que no que mejor espero. Mientras tanto nos comen los piojos ¡. ¿Sabes que sos? . La gata Flora, sos ¡..”

La blanca viene bien encaminada. Ya toco la tercera banda.

“…Pero yo no te aguanto más. Sos un imbécil, y yo una tarda por aguantarte, por esperarte. Pero para mi se acabo. ¿Entendes?. Dije BASTA. Así que quiero que te vayas…”

Las dos bolas chocan.
En un gesto ritual los tres jugadores restantes golpean la parte trasera de sus tacos contra el piso el gesto de aprobación,
-Muy bien, che-dice uno de la pareja perdedora , y agrega dirigiéndose al mozo:
-Che “Lechuga” traete cuatro “cafeces” a la mesa-mientras el y los otros tres se acercan a una de ellas donde hay tres personas jugando domino.
Mientras se sientan, uno de ellos mira al parroquiano solitario que no repara en eso sino que sigue dibujando situaciones en su mente.
De pronto vuelve a la realidad, se levanta y luego de pagar el café que había consumido se retira.
-Buenas tardes-saluda a la mesa.
 Algo así como un “Bua tar..” responden a coro.

Quien había estado mirando al solitario ve que este olvido su periódico sobre la mesa, duda entre avisarle al dueño o hacer lo que finalmente hace:
-Che “Lechugita” me alcanzas ese diario ?- dice lisonjero Adrian , guiñando uno de sus ojos. Lechuga se lo alcanza con su paso cansino
-Vos nunca compres el diario , eh ?- Le dice un compañero en tono de broma.

-Juancito, ese que se olvido el diario no es el hijo del viejo Giameo ?- El que habla es Oscar, un hombre gordo, canoso y de pelo largo. En la piel de su cara unos puntos negros le dan un aspecto desprolijo a su rostro, completado por la barba de unos días y el pelo sin peinar y ralo .Ese pelo  que se le empezó a caer hace ya unos años.

-El Ruben ?- Contesta Juan-Parece no ?
-SI es el Ruben, comenta un tercero- Es un mecánico de primera.
-Como era el viejo-comenta Oscar que, por tener un taxi, siempre reparo en los buenos mecánicos talleristas. 
Y continua:- Una vuelta se me quedo el taxi en Crucecita, hará unos diez años. Lo cerré y me fui caminando por De Benedetti hasta Estévez. Eran como las diez de la noche. Y cuando llego al taller, todavía estaba el viejo…y el hijo con él. EL chico, Rubén, tendría catorce o quince años.-

Dio una pitada larga al cigarrillo viendo que lo contaba captaba la atención de todos en la mesa.

-Le cuento lo que me paso y el viejo se queda mirándome.

-Que ganas de joder, habrá pensado-Acota uno de los billaristas

-Entonces-prosigue Oscar – el pibe le dice: -Pa si querés yo voy con la chata y lo veo. Y el viejo lo mira y asiente. Así que me subí a la chata con el pibe y fuimos hasta mi auto. Al principio estaba medio cagado, porque no sabía cómo manejaba, más un pendejo a esa hora de la noche. Yo iba agarrado del asiento- Y se agarra de la silla simulando cara de miedo, lo que provoca la risa de todos.
-Todo oscuro. Porque íbamos por adentro, no por De Benedetti, sino por Estévez. Yo lo guiaba al pibe, hasta que llegamos al taxi. Nos bajamos de la chata y cuando abrimos el “capo” para revisar el motor, sentimos de atrás uno que me dice:- Dame la recaudación, me doy vuelta y tenía un “bufoso” marca cañón- Y con las manos exagera el largo del arma.

-No ¡! – dice uno de la mesa. Y los demás acompañan con expresiones.

Oscar vuelve a dar una pitada y sonríe. Le encantaba esa situación, y el sabia provocarla con sus relatos. Porque no eran esos relatos simples, llenos de vocabulario soez y hasta infantil de varios de sus contertulios.
No. Los relatos de Oscar tenían detalle, sustento y humor. Eso sobre todo. Era un hombre que tomaba la vida con humor.

 Yo me quede helado. Y primero pensé en decirle que ya le había dado la recaudación al dueño. Total el chabón ni sabría si yo era el dueño del taxi. Pero de pronto pensé si al tipo se le ocurría hacerle algo al pibe. Entonces le dije;- Esta abajo del asiento. Y me acerque a la puerta del acompañante, del lado de adelante, levante el asiento y le di la recaudación.
 -Pero resulta que  el infeliz este, no me cree. Me empuja y piensa que debajo del asiento del conductor, había más plata. Y allí va el.
 Abre la puerta de mi lado, la del conductor, levanta el asiento y se agacha para buscar dinero.

Otra pitada. Esta más corta.

-Entonces sucedió lo que nadie esperaba. Ni el chorro. Ni yo. Cuando el “malandra” está  buscando debajo del asiento, cebado por el “bufoso” que tenia, por haberme empujado y porque yo estaba cagado en las patas, en ese momento, en ese preciso momento, el pibe le pega un empujón de la hostia a la puerta y el chorro queda con el cuerpo adentro y las piernas afuera del auto .Pero con las piernas atrapadas . me entendes ?-

Y Oscar mira a la cara de cada uno en la mesa, como midiendo su reacción, su asombro…

Y abre la puerta un poco y la vuelve a cerrar, y la abre un poco y la vuelve a cerrar. Y en cada cierre es como si le cortase las piernas al chorro. Así lo hace como…quinientas veces-exagera.

Pero era necesario exagerar. Era necesario que lo que decía conmoviese la intolerable obviedad y previsibilidad de la tarde de billar.

-Quinientas veces-Repite y sacude la cabeza y mueve su mano derecha frenéticamente como si el estuviese empuñando la manija de la puerta del auto y le estuviese dando de empellones al caco. A ese miserable, que le robaba a otros miserables.

Oscar mira a la audiencia. Hasta los pocos parroquianos de las mesas vecinas escuchaban.
Era necesario el remate actoral y Oscar lo efectúa.
Se levanta, se pone detrás de “Lechuga” tan dúctil y útil para cualquier cosa y lo toma del cuello y cruza sus brazos como pasador por la parte de atrás de Lechuga.

-Entonces lo empujo al pibe, abro la puerta de golpe y cuando el infeliz se levanta con los ojos rojos como dos piedras que estuvieron en el fuego lo agarro así.

-Disculpa Lechuga-dice, pero eso no impide que continúe con la escena.
De pronto  Oscar se queda callado. Recuerda los ojos del chico y el gritándole: -Corre ¡!
 Y el pibe corre, pero no para escaparse, sino a la chata y de allí trae una llave cruz

-          Y mientras yo forcejeo con el hijo de puta, el pibe viene con una llave cruz y le entra a pegar con la llave. Y le pega, le pega, le pega…

Y el cuerpo de Oscar que suelta a Lechuga y se centra en mostrar como esa llave cruz entraba y salía como una piqueta sobre el cuerpo del pobre infeliz, que por una miseria de billetes termino en el hospital con el bazo perforado , el abdomen desgarrado y los isquiotobiales deshechos.

Oscar se vuelve a sentar. Esta agitado. Aunque parece algo más joven, ya  tiene setenta y tres.

-Ese chico tiene fuego- termina su anécdota y apaga su cigarrillo en esa maravillosa sincronía que tienen los buenos relatores. Ese sentido nato del tiempo para el relato, el clima, las palabras y los gestos.

Nadie dice nada. Después de unos segundos, Lechuga se anima:

-EL taller lo cerró hace unos meses. Y mi señora me conto que la mujer lo echo de la casa.
Anda a saber que hace ahora, de que va laburar.

-Anda a saber-comenta Adrian mientras mira el diario en la página en la que la había dejado abierta su dueño original.

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