OTRO QUE ESCRIBE

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sábado, 5 de marzo de 2011

IV-Avellaneda Blues-Pequeñas historias de pequeños hombres

IV-Avellaneda Blues-Pequeñas historias de pequeños hombres

 Los hombres se sentaron bajo la sombra que el tanque proyectaba sobre el césped.
EL calor había secado sus gargantas y sus ropas estaban empapadas.
 Un aire caliente envolvía sus cuerpos mientras el sol pegaba contra las chapas del tanque, poniéndolo a una temperatura que el cuerpo difícilmente soportaba. Era Enero en Buenos Aires y el calor y la humedad hacían de las suyas como para no dejar de ser tema de conversación.
Estaban sobre un enorme campo que alternaba su intenso color verde con la presencia oscura de los tanques de almacenamiento.
 Todos los recipientes tenían pintados con letras de color verde sobre fondo blanco el nombre de la empresa: AMERICAN PETROLEUM.
 Hacia el oeste -a lo lejos- se divisaba el cuerpo central de la refinería y la enorme figura de sus chimeneas, hornos y columnas d destilación. El aire traía el olor nauseabundo del  Riachuelo castigado por los desperdicios y las aguas servidas de las industrias.

Desde arriba de cualquiera de los tanques se podía apreciar sobre el rio la presencia de los buques petroleros que volcaban su carga a través de las enormes cañerías que cruzaban la refinería.
En la American Petroleum todo tenía características de grandeza y de autosuficiencia. Así había sido pensada. Como un monstruo autosuficiente enquistado en el corazón de una Nación  dispuesta a manejar- con el orgullo que le daba su tamaño – sus siempre fructíferos negocios.
Centenares de líneas de teléfonos externas e internas. Un eficiente servicio propio de transporte para llevar y traer a sus obreros y empleados desde puntos de más fácil acceso al endiablado camino de curvas que desembocaba en la entrada principal.
 Una usina propia alimentada por media docena de calderas, la independizaba de la necesidad de los servicios de electricidad nacionales.
 Servicio propio de gas obtenido del proceso de refinación del petróleo, un puerto de entrada y salida de su servicio de transporte marítimo.
  Todo con esa planificación meticulosa de una de las 7 hermanas. Una de las grandes petroleras mundiales.
 Con la misma precisión con la planificaron caídas de gobiernos y asesinatos de líderes que no los convencían.

 En la American como la llamaban los obreros, mientras que los empleados la llamaban la Petroleum, todo era a lo grande.
Cerca de la entrada a la refinería estaba el centro de carga de camiones, detrás de ella enormes tanques de almacenamiento esperaban vaciar su rico contenido.
 Los hombres habían estado reparando uno de los tanques durante las últimas dos semanas y por fin habían terminado. Faltaba algo más de una hora para retirarse y habían decidido no trabajar más ese día.
 Uno de ellos volvió a encender el soplete, esta vez para calentar el agua que había colocado en una pava. Eran las tres de la tarde y era una buena hora para tomar mate. El del soplete controlaba cada tanto espiando sobre una loma-que actuaba como cerco en caso de derrame del petróleo de alguno de los tanques- la posible llegada de algún guardia o supervisor.
El recipiente en el que ellos trabajaban había sido vaciado hacia un mes para su reparación. A diferencia de los primeros días en que se habían mostrado recelosos siquiera de hacer chispas con sus herramientas, ahora estaban relajados ya con su tarea terminada
Solo faltaba probar la estanqueidad del tanque, una prueba en la que se lo llenaba con agua y radiografiar algunas soldaduras.
 Pero eso era tarea del área de Inspecciones y en caso de encontrar alguna falla, que todos ellos descartaban o imaginaban pequeña, la reparación seria dentro de una semana.
 -¡Dale con el agua, Tito ¡
- Ya va, ya va
Tito apago el soplete y lo coloco con cuidado en el carro de transporte del equipo. Tomo un guante de amianto y envolvió con el la manija de la pava. Echo una mirada en derredor, reteniendo la fuerza del color verde en sus retinas. Luego vertió el agua de la pava en el  mate mientras lo iba sorbiendo
 -Si el sábado esta lindo voy a ir a pescar a la costa con el pibe-comento Montoya mientras alisaba sus bigotes. En ese momento deseaba con fuerza tomar algo fresco y la visión de beber cerveza a la orilla del rio lo reconforto.
-Diversión de pobre-acoto Olivera
-¿Por qué?- pregunto Montoya- Si yo tuviera dinero también me gustaría pescar.
 -Sí. Pero no irías a la costa de Sarandí, boludo ¡-contesto Olivera riendo y los otros rieron con él.
 Tito seguía sirviendo mate. Le gustaba hablar poco (más bien escuchar para aprender-decía). Sus ojos seguían fijos sobre ese verde que con la humedad y el calor lo llevaban de vuelta a Corrientes. Vino a su mente su propia imagen quince años atrás, mientras chamameceaba, la noche previa a partir para Buenos Aires.
-Cambiale la yerba Tito- le dijo Benítez.
¿Pudiste reparar la bomba, zorro?
-Aha.
-Que mano, eh ¡!, Con las bombas y las mujeres te va bien-
El que hablaba era Montoya
Benítez hizo silencio, acentuando su falsa modestia, mientras se alisaba el cabello con un peine que siempre estaba en el bolsillo de su camisa.
 Montoya lo observo con detenimiento. Guardaba una secreta envidia hacia Benítez.
 Le parecía que ese hombre siempre lograba lo que quería. Y lo que era pero, parecía que lo hacía sin renunciar a ciertos principios.
 Benítez podía hacerse valer prescindiendo de ciertas contrapartes. Por ejemplo, si entendía que merecía un aumento de categoría o que necesitaba un día franco para tramites personales, no precisaba estar toda una semana, un mes o más tiempo (un interminable tiempo) halagando a los capataces y a los supervisores. Canjeando a veces esos pedidos por actitudes deleznables como contar infidencias de sus compañeros en el trabajo.
-Benítez es piola-dijo para sí. Tomo el mate que le pasó Tito. Lo encontró dulce para su gusto pero prefirió guardarse la opinión.
Olivera rascaba su oreja con una pajita.  Sentía un placer sensual al hacerlo. Miro detenidamente a los otros tres hombres.
 Después de hoy no trabajarían más juntos-pensó para sí. El pertenecía junto con Tito a la sección de Calderería, Montoya a la de Montadores y Benítez a la de Mecánicos.
 Hasta que no hubiese otro trabajo similar no volverían a reunirse, y aun cuando lo hubiera, no era seguro que los eligiesen a ellos para formar equipo. Se había sentido muy cómodo esas dos semanas con ese grupo pequeño, de buenos trabajadores que conocían su oficio.
Sintió pena.
-¡Que mierda ¡ -dijo y escupió mientras se levantaba.
Los otros tres lo miraron sin entender demasiado.

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