OTRO QUE ESCRIBE

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domingo, 10 de abril de 2011

Avellaneda Blues- Giameo I- La Historia de los hombres

Avellaneda Blues- Giameo I- La Historia de los hombres
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 Un cielo gris recibió la caravana de autos entrando al cementerio de la Chacharita.
Los árboles el camposanto parecieron a sus ojos, delgados personajes con peinados extraños que observaban la muerte.
Cuando se detuvo la caravana, él se bajó antes que los demás. Tenía los ojos colorados y el rostro demacrado. Sintió frío en el cuerpo y el cansancio que nos produce una noche sin dormir.-
Allá vio bajar a su madre. Sus pelos le parecieron más blancos que nunca. Como si fuese posible encanecerse en el transcurso de dos días.
Porque ahora que lo  pensaba su padre había fallecido hacía dos días.
Los obreros que cavaban la fosa para su padre y realizaban tareas de limpieza hicieron un alto en su trabajo. Algunos con respeto y otros con la indiferencia que produce lo cotidiano, aunque tenga el aspecto de la muerte.
Un hombre bajo, de nariz colorada, que parecía el jefe del servicio fúnebre lo tomo del brazo y lo condujo hasta el coche que llevaba el ataúd.
-Tres caballeros más por favor-pidió el hombre de negro mientras invitaba a los que se acercaron a tomar las manijas del cajón.
Su primo Ángel tomó la manija delantera derecha (¿Qué es adelante o atrás para un muerto?) , él la izquierda y atrás , después de superar a otros dispuestos a la tarea estaban Andrés Rivas el panadero del barrio y el amigo de su padre de toda la vida , don Carmelo D’Annunzio.
Los cuatro caminaron con paso firme hasta llegar a la fosa.
Un agujero en la tierra-esperando- como última morada.
Una modesta cruz de madera, decía:
“Antonio Giameo-1904-1973-R.I.P”.
Rubén hubiese deseado hacerle una lápida de mármol. Ya Carmelo D’Annunzio había manifestado que él había encargado una a su costo y que esperaba el acuerdo de la familia.
Pero Ana, su madre, no quiso eso. Solo la cruz de madera noble, que representaba para ella la simpleza y dignidad de su Antonio. Así lo vivió siempre y pese al desgaste que producen los años en las parejas, ella sintió en el momento de la muerte de su esposo que lo había amado con lo mejor de ella.
Rubén pensó en su padre muerto.
¿Cuántas cosas tiene  un hijo único, y varón para decirle a su padre?
Pocas seguramente, pero lo cruel es que ni esas pocas-esenciales-se dicen.
A la derecha de la tumba que ocuparía don Américo estaba la de otro hombre.
”Lucio Arostegui-19.09.74-Tu hijo que te ama”.
¿Habrá escuchado ese hombre de la boca de su hijo esas palabras que él no le dijo a su padre?
Eso ahora no importaba o importaba poco. Porque bajo la tierra cubierta de piedras de ladrillo y flores, el bueno de Aróstegui estaba convirtiéndose en polvo.
Los cuatro hombres comenzaron a bajar cuidadosamente el cajón, mientras dos obreros dentro de la fosa lo recibían para terminar de depositarlo sobre la tierra.
Al fin el ataúd llego al sitio en el que iba a estar por cinco  años.
Luego las cenizas pasarían a un nicho.
Los parientes y amigos se acercaron y   tomando tierra con sus manos la fueron arrojando sobre el cajón.
Entonces Ana se dio vuelta y tapándose la cara con las manos se puso a llorar. Rubén se le acercó y tomándola del hombro la acompaño hasta el auto. Su tía Lucy se acerco también y acercó la cabeza de su hermana a su hombro.
Lucy era la hermana soltera de Ana, la tía de los regalos, la que preparaba los cumpleaños y llevaba a Rubén al zoológico de la Capital en esos fantásticos domingos de tigres, monos y elefantes.
Rubén las miro a las dos y sintió una enorme ternura por esas mujeres que tantas horas le habían dedicado. Horas inmensurables de madre y tía para alimentar el alma y ayudarnos a crecer.
Ayudo a su madre y a su tía a subir al auto y antes de subirse él, echó una mirada hacia atrás. Vió a los obreros paleando tierra y tapando la fosa y se acercó a ellos para darles propina. Los hombres le agradecieron y le dieron el pésame.
Luego volvió al coche con su madre.
Los familiares y amigos comenzaron a hacer lo mismo.
El cielo seguía tan gris como al principio y los árboles continuaban mirando a los muertos.
Los obreros seguían cavando y limpiando fosas.
Rubén reconoció en el mameluco azul que vestían los hombres, las letras de “MANLIBA”.
Mierda –dijo- los que sacan la basura entierran a los muertos.
Pero nadie lo escucho, quizás porque había comenzado a hablar con su interior-
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Rubén tenía veinte años cuando murió su padre y en esa época él  aun no se había casado con Margarita , pero si ya la consideraba su novia.
Margarita…
Rubén la conoció en un baile en Mi Club, el legendario local bailable en Banfield.
Margarita estaba estudiando abogacía y trabajaba para una inmobiliaria.
Ella era una joven de clase media que se había criado en Avellaneda y, cuando ella comenzó su noviazgo con Rubén, su familia no se mostró conforme con esa relación.
Una joven que creía que el mundo era conquistable. Una hija de clase media argentina que tenía una natural ambición de ascenso social.
Y Rubén representaba para ella el joven a conquistar. El de su mismo origen, el de su mismo barrio. El que a ella le atraía y el hombre con el que había tenido su primera relación sexual.
Pero ella quería ascender y eso implicaba romper con ciertos esquemas. Con esquemas que tenía Rubén y ella misma en su origen.
Y Margarita era una excelente alumna en la carrera, algo que se daba por la doble condición de ser una mujer inteligente con un orgullo tan grande como luego lo fueron sus ambiciones.
Margarita quería mudarse al norte de la Capital o al menos a un barrio de Capital como Caballito o Almagro que tenían departamentos que consideraba que estarían a su alcance.
Pero Rubén no podía dejar Avellaneda. No podía dejar de estar cerca de ese taller donde tanto puso su padre y tanto había aprendido él mismo.
El necesitaba ese entorno que era su casa paterna, su madre, su taller, su barrio…
No se animaba a mirar más allá de las montañas de su valle. Ese era su límite pero quizás también, su fortaleza.
Desde antes que Rubén y Margarita decidieran casarse, estaba escrito que terminarían por caminos distintos, como dos cometas que durante siglos confluyen en su órbitas luego al tocarse comienzan a alejarse para siempre.
¿Pero quién sabe cuál es el final de aquello que aun no ha comenzado?
¿Y quién sabe lo que una mujer y un hombre están dispuestos a hacer para compartir sus sueños, sus proyectos y sus cuerpos?
                                                                      

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