OTRO QUE ESCRIBE

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lunes, 16 de mayo de 2011

Avellaneda Blues- Giameo II- La Historia de los hombres

Avellaneda Blues- Giameo II- La Historia de los hombres
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Cuando Rubén tenía once años, su padre lo llevo al club Independiente para que se probase como jugador de futbol.
El jugaba de “ocho” o “insai-derecho” como decía su padre, don Antonio. Y jugaba bastante bien, al punto que quedo elegido.
Hasta los quince años, siguió la rutina del entrenamiento y los partidos en la semana, compartiendo ese tiempo con sus estudios.
Luego eso se acabó. Lo acabó en realidad Don Antonio, porque ese año Rubén, que ya estaba en el colegio secundario no había rendido satisfactoriamente y termino repitiendo el año.
Entonces entre el fútbol y el estudio, don Antonio no dudó. Un inmigrante no duda, quiere que su hijo ascienda socialmente y el futbol, según él lo veía, no era una garantía de ascenso social ni aún para los futbolistas consagrados.
-Ma, decile que me deje jugar al futbol ¡!.
.Rubén, sabés como es tu padre. Ya te había dicho que si no andabas bien en la escuela el futbol en Independiente se acababa.
-Pero decile que voy a estudiar.
.Decíselo vos.
Y allí terminaba el reclamo. Rubén jamás se atrevió a hacerlo un reclamo o un pedido a su padre. Tal era su veneración, su respeto.
Su padre, Antonio, era un hombre estricto, metódico y orgulloso.
Todas las mañanas se levantaba a las 6, tomaba un té, ya que nunca se acostumbro definitivamente al mate, y después se iba a su taller. El lugar en el mundo que Dios había elegido para Antonio.
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Pietro Giameo llego a la Argentina y besó el suelo del Puerto de Buenos Aires. Sus compañeros de viaje lo observaron entre sorprendidos y escépticos. La vida les había enseñado que no se debía ofrecer tan prontamente el amor, y menos demostrar agradecimiento de una forma tan abierta.
 Miró hacia atrás y vio la imponente figura del “Britannia”. Esa mole de acero lo había traído del puerto de Nápoles.-
Tomó su gorra con la mano izquierda  y miró hacia el cielo. Cuando bajó la vista, vió unos hombres uniformados que agitando las manos y haciendo señas lograron agrupar a los inmigrantes. Cuando entendieron que lo lograron, los hicieron marchar. Los condujeron a un enorme salón con pisos de baldosas donde tuvieron que esperar horas hasta que comenzase el proceso de identificación.
Apenas si había habido una atención especial hacia algunas embarazadas y los chicos.
Pero todo se redujo a la presencia de algunos médicos y enfermeros así como algunas damas de la Sociedad de Beneficencia que entregaban algunas viandas, toallas y agua con limón.
 Pietro observaba los rostros ora tristes ora sonrientes de de quienes se encontraban en el galpón de inmigrantes en el Puerto.
Miraba los pañuelos coloridos de las mujeres sentadas en el suelo o los también coloridos hatos que contenían sus pocas pertenencias. Eso daba una nota colorida que cambiaba esa monotonía de grises y ocres que impactaba en el puerto y el galpón de inmigrantes.
Pietro escuchó su nombre y se acercó a una mesa donde siete empleados, rodeados de policías, tomaban los datos.
-¿Pietro Giameo?- pregunto un hombre de mala gana
Asintió con la cabeza tratando de dibujar una sonrisa gentil en su rostro.
-¿Soltero?- inquirió el empleado
-Scuzzi, non capitto.
-Pero que tano boludo!. ¿State soli ?
-Ah!.Si signore.Soli
Le hicieron abrir su bolso confirmaron su oficio y su edad.
-Este le puede interesar a Roldan-dijo por lo bajo, quien tomaba los datos de Giameo, a un compañero que estaba a su derecha en la mesa.
Pietro estuvo tres días en un cuarto donde dormía con otros seis hombres, dos ellos solteros y los otros cuatro con familia a las que habían acomodado separadamente.
Los trataban con altanería, con la soberbia que había escuchado de sus compatriotas cuando se referían a los “porteños”. Pero Pietro sabía que existían cosas peores en su tierra y por eso había decidido intentar en América del Sur.
 Al cuarto día un funcionario del hotel de inmigrantes fue a buscarlo y le dijo en esa lengua mixta que luego Pietro se enteraría que la llamaban “cocoliche”, que le iba a presentar a una persona que le iba a dar trabajo.
 Pietro sintió una alegría inmensa, esa sensación de miedo y de angustia que había tenido durante el viaje y los pocos días en el hotel se le fue del cuerpo.
¿Sería esta la puerta al futuro?
El hombre del hotel le presento a un individuo de bigotes, morocho, de apellido Roldan.
Era un reclutador de Bunge y Born. Al día siguiente, antes que amaneciera, pasaron a buscarlo con un carro en el que viajaban dos hombres más, un paisano genovés, como él y un gringo al que Pietro creyó reconocer como napolitano.
Los dejaron en la hojalatería, y allí los atendió el capataz, que le preguntó a Roldan:
 -¿Son buenos, estos?
-Roldan siempre trae gente buena. Son genoveses y el más bajito es “papo”
- Tiene pinta de napolitano. ¿Que saben hacer?
-El más alto, dijo refiriéndose a Pietro- es trazador y sabe de mecánica. Los otros dos son caldereros.
El capataz los semblanteó y después los arengó en un cocoliche de su invención.
Lo único que Pietro sacó en limpio es que esa hojalatería era de un tal Bunge y Born.
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Rubén nunca conoció a su abuelo Pietro. Y todo lo que supo de él fue a través de su padre Antonio.
Y aunque Antonio no hablaba muchas veces de su padre, las veces que lo hacía traslucía admiración, respeto. Y eso era lo que Rubén rescataba en esas contadas ocasiones.
Esas charlas de Rubén con su padre en las que el abuelo aparecía y estaba presente en la relación entre ellos dos, eran algo que se transformaría luego en algo inmanente, algo que era parte de su propia esencia y terminaba teniendo sentido para sí mismo.
Y esa sensación era la cerrada relación entre un padre y su hijo varón como el caso de Rubén y Antonio , o el preferido de sus hijos, si tuviese más de uno como el caso de Pietro y Antonio.
Una relación de esas características genera en el hijo un mundo de responsabilidades y un entorno de pensamiento en el que el deber y lo que se debe hacer aparecen como las guías de la conducta.
Y así era Rubén. Siempre el chico responsable. El “hombrecito” como le decía su madre y sus tías con el ojo afilado para impulsar y aplaudir las conductas que consideraban masculinas.
Rubén pensó muchas veces en esto, en ese mandato familiar de la responsabilidad, de lo que debe y no debe ser a medida que su relación con Margarita se desgastaba y el no encontraba nuevas herramientas dentro suyo para afrontar los nuevos problemas.
Y no las encontraba porque esas mordazas de su pensamiento, esos mandamientos que lo habían educado de niño y de joven y le habían permitido encontrar un mundo seguro, hoy no eran capaces de guiarlo frente a la vida y los nuevos problemas que le planteaba.
Ahora estaba solo. No estaba Margarita con él y tampoco su padre.
 Miro una foto en la que se veía a un hombre sonriente con unos enormes bigotes que bajaban por la comisura de los labios y hacia adelante parecían las cerdas de un cepillo.
Esa foto lo acompaño desde que tuvo uso de razón colocada sobre uno de los armarios en el comedor de la casa paterna.
Era de su abuelo Pietro.
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