OTRO QUE ESCRIBE

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viernes, 29 de abril de 2011

Avellaneda Blues- Benítez II- La Historia de los hombres

  
Avellaneda Blues- Benítez II- La Historia de los hombres
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 -Oye Leopoldo! Que no vuelvas tarde, ¿me entiendes?
 -Si abuela-La besó y luego se ajustó bien la corbata y salió a la calle.
En esa época, la noche del sábado indicaba la llegada del único momento de la semana en la que podía conquistar una chica.
 En esa época trabajaba como ayudante en una despensa, en un horario enorme que abarcaba desde las seis media de la mañana hasta el fin de la tarde.
Y al salir de su trabajo en la despensa se dirigía a un puesto de verduras donde colaboraba como puestero hasta las once de la noche.
Rendido llegaba a su casa donde la abuela lo esperaba con un plato de comida y, esencialmente, sus dos ojos para mirarlo profundamente y sus dos orejas para escucharlo.
¿Qué cuerpo de hombre no soporta una jornada agotadora, si luego de eso se tiene el cariño y la admiración de una mujer, aun cuando ella sea la abuela?
Esa sensación fue la que llevo a Leopoldo a buscar con ahínco una mujer para amar y para ser amado.
Rita había llegado a su vida para eso.

La había conocido en un baile de carnaval en la Sociedad Polonesa de Dock Sud.
Rita estaba en sentada en una mesa junto a unas amigas y su madre, una de esas infaltables madres que acompañaban a sus hijas en los bailes de carnaval.
Y él la había observado toda la noche anterior, y ese domingo que el baile terminaba más temprano sabía que debía hacer algo.
Pensó en encontrar  algún amigo que indirectamente los presentase, pero no encontró quién pudiera hacerlo de modo que se acercó a la mesa
-Hola señora,¿ sabe que me gustaría conocer a su hija? ¡Porque si tiene sus genes entonces será hermosa siempre ¡
La madre de Rita lo miró y sonrió. Le gusto el piropo. Le sorprendió la palabra “genes”.
 No era común que un joven se expresase así. Y a ella- a los cuarenta y cinco años- un piropo no le desagradaba.
-Por qué no? – se dijo y miró a su hija.
Entonces Rita se levanto y se acercó a Leopoldo para que la acompañe a la pista de baile.
Y allí Leopoldo se maravillo que pudiesen bailar con tanta sintonía el rock y el tango.
Una sintonía de los cuerpos que luego fue una sintonía de amor.

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  -¡Leopoldo!
-¡Ya llego Rulo, esperá!.  ¡Aguantá hermano, que ya llego ¡-gritó
Sintió que con el grito se quedaba sin aire. Se detuvo un instante, tomó aire y calculó el riesgo. Pero volvió a ver el brazo de Rulo agitándose y entonces arremetió hacia él.
Siguió braceando con fuerza con los ojos puestos en el lugar donde la cabeza de Rulo aparecía y desaparecía.
-Ya llego, ya llego.
-¡Leo, mierda que me ahogo!
-¡Ya está Rulito! ¡Pará boludo, no me tirés. ! Pará carajo ¡
Pero Rulo estaba ahogándose, y el  único reflejo era tomar a Leopoldo de los hombros. En cada vuelta, Rulo no hacía más que arrastrar a Leopoldo hacia abajo. Entonces Leopoldo reaccionó como su sangre le indicaba.
Golpeó a Rulo con fuerza, lo dejó hundir y lo tomó de los pelos.
Lo tomó con su brazo por el cuello y nadando como las ranas fue acercándolo hasta la orilla.
Cuando faltaba un tramo corto para llegar a la costa, se tiró al agua el “Gallego” Ortega y entre los dos pusieron a Rulo en la playa.
El “Gallego” hizo presión sobre el cuerpo de Rulo hasta que este escupió agua y comenzó a respirar. Luego lloró. Como un chico, que ha visto un monstruo que estaba en su imaginación y la madre prende la luz.
Entonces se llora la angustia del miedo que se fue.
Leopoldo respiraba agitado y miraba la escena de Rulo y el “Gallego”.
Esa escena lo acompaño durante muchos años y le quedó siempre como la imagen de la amistad.
Leopoldo, que no se veía en esa imagen fue para Rulo, el “Gallego” y todos los que conocieron la historia el símbolo de la amistad y el valor.
Tomó aire con su pecho de veinte años y miró la costa de Quilmes y recordó los consejos de su abuela sobre esas aguas traicioneras como una víbora. Aguas de río que tragan aun cuando no se vean olas en la superficie.
Después se acercó a Rulo y le pasó la mano por la cabeza. El “Gallego” le tendió una mano a cada uno y los ayudó a incorporarse.
Después comenzaron a caminar y en un momento se abrazaron y así caminaron, unidos, en ese sentimiento de unidad de hombres que han pasado penurias y aventuras juntos.
Ese maravilloso sentimiento de unidad y de amistad.
¿Lo sentirías luego Leopoldo?
¿Recordarías en tu cuerpo esa sensación que solo los hermanos de la vida producen?
¿O solo sentirías el frío de la soledad?
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 Frío como en las cámaras del frigorífico donde el temblor que se siente en el cuerpo por la baja temperatura se suma al frío que produce el miedo. Un miedo extraño de pensar que uno de esos hombres que trabajaban con él  podía clavarle un cuchillo como a una vaca.
Un carneador pierde noción sobre lo que es la carne y no diferencia entre la de vaca o la de hombre-le decía Arrostiaga, el hombre que lo había hecho entrar al frigorífico
Al principio Leopoldo lo tomó como una exageración, como una de esas leyendas urbanas que se transmiten dentro de un oficio, pero luego- ya en el frigorífico- sintió que eso podía ser así.
A veces pensaba que era así.
Pero por suerte estaba al lado de Juan Rugilo. El mejor operario de mantenimiento de las cámaras frigoríficas
-¡Ese si es un hombre cojudo ¡ -le decía Leopoldo a su abuela cuando la iba a visitar al hospital donde estaba internada.
-Dale pibe alcanzame la llave -le decía Juan sin aclararle la medida de la misma para saber si Leopoldo le alcanzaba la adecuada para la tarea.
-Tome Juan- decía al rato mientras le ponía en la mano la llave que el hombre necesitaba.
-Aprendes rápido Potrillo!  -le decía Rugilo adoptando un tono paternalista en la voz.
-Aquí en el frigorífico el que no aprende rápido se jode! – y reía, y Leopoldo admiraba a ese hombre que parecía no tener temores en la vida.
-Dame la ginebrita- Juan Rugilo sacaba el frío con alcohol, lo había aprendido en las cámaras frigoríficas de los barcos con marineros rusos y polacos.
Pero Rugilo sabía limitar el uso provechoso del alcohol. Solo lo tomaba un trago para quitarse el frío que la cámara producía en su cuerpo.
-¿Necesitás pibe?- y Leopoldo negaba con la cabeza
-Este es un trabajo para hombres!. Aprendé el oficio de mecánico de mantenimiento y después te la podés rebuscar en otro lado.
-Porque este es un trabajo para hombres, si, pero…hombres de mierda ¡!-y reía, reía y contagiaba a Leopoldo que entonces ya no sentía frío.

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Aprender, aprender siempre hay que aprender Leopoldo Benítez. Aprender lo que le enseñaba esa señora de pelo negro nacida en Andalucía a la que al amaba .Aprender a vivir sin padres que le festejen a uno los cumpleaños.
¿Quién dice que la vida es fácil Leopoldo?. ¿Pero quién dice que no merece ser vivida? Cada día, cada hora…
La escuela hasta los doce años, el trabajo en el almacén, en la verdulería. Luego las pequeños talleres en Avellaneda, y ahora el frigorífico Nacional en Mataderos.

-Benítez
-Benítez
-Benítez- los votos se sumaban hasta hacerlo delegado.
Después la comisión interna, el sindicato y luego la Huelga. Si con mayúsculas. La huelga en el Frigorífico Nacional hasta el final.
Frondizi traidor. El plan Conintes, la cárcel por unos días y luego la calle. El despido.
A empezar de nuevo Leopoldo. ¿Pero, un pequeño golpe no derriba a un campeón verdad?
Para que estaban además Rita y la abuela.
¿Saben ellos acaso que si un hombre es amado, es invencible?

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